Cuerpos, territorios y democracia: los desafíos globales para la participación política de las mujeres intervención de Siham Drissi , Jefe de Programa de ONU Derechos Humanos Colombia

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Es un verdadero privilegio estar hoy aquí y poder escuchar las voces que me precedieron.

 

Después de escucharlas, una comprende que las transformaciones globales no empiezan en Nueva York ni en Ginebra.

 

Empiezan aquí.

Empiezan en los cuerpos de las mujeres que sostienen la vida todos los días.

Empiezan en los territorios donde las mujeres se organizan, crean comunidad, cuidan la vida y defienden la dignidad.

 

Desde ONU Derechos Humanos tenemos el privilegio de acompañar comunidades en muchas regiones de Colombia. Y, si hay algo que aprendemos una y otra vez, es que las mujeres no esperan a que las instituciones transformen el mundo.

Ya lo están haciendo.

 

Lo hacen cuando protegen a sus comunidades de la violencia.

Cuando defienden un río, un bosque o un territorio ancestral.

Cuando acompañan a las víctimas.

Cuando mantienen viva la memoria.

Cuando construyen espacios de diálogo donde parecía imposible volver a confiar.

Y cuando deciden participar en la vida pública, aun sabiendo que muchas veces hacerlo implica asumir riesgos.

 

Nuestro papel, desde Naciones Unidas, es acompañar esos procesos, aprender de ellos y contribuir a que esas voces sean escuchadas allí donde se toman decisiones.

 

Porque la experiencia nos demuestra algo muy importante: las transformaciones más profundas y duraderas nacen en los territorios.

Y, desde allí, pueden inspirar políticas nacionales, fortalecer los estándares internacionales y ampliar nuestra comprensión de los derechos humanos.

 

En Colombia lo vemos todos los días.

Lo vemos en mujeres indígenas, afrodescendientes, campesinas, defensoras ambientales y jóvenes lideresas que, desde realidades muy distintas, nos muestran nuevas formas de construir paz, proteger el territorio, fortalecer la democracia y cuidar la vida.

 

Ellas no solamente ejercen sus derechos.

También nos enseñan nuevas maneras de entenderlos.

Y todo esto ocurre en un momento particularmente importante para el mundo.

 

Vivimos una época marcada por enormes desafíos: el debilitamiento de la confianza en las instituciones democráticas, la polarización, los discursos de odio, los conflictos armados, la crisis climática y el aumento de las desigualdades en muchos contextos.

 

Frente a estos desafíos, la participación política de las mujeres no es una agenda sectorial.

Es parte de la respuesta.

Porque aporta formas de liderazgo que ponen en el centro el diálogo, el cuidado, la construcción de confianza y la búsqueda de soluciones colectivas.

Y esas cualidades son hoy esenciales para fortalecer nuestras democracias.

 

Hay una idea que quisiera compartir con ustedes:

El cuerpo es el primer territorio de nuestros derechos.

Es desde el cuerpo que experimentamos la libertad o la discriminación.

La participación o la exclusión.

La seguridad o la violencia.

Y cuando una mujer puede decidir libremente sobre su cuerpo, participar sin miedo y ejercer plenamente su ciudadanía, también está fortaleciendo la democracia.

Porque hoy sabemos que la democracia no consiste únicamente en votar.

Consiste en que todas las personas puedan participar en igualdad de condiciones, expresar sus ideas sin temor y contribuir a las decisiones que afectan sus vidas y sus comunidades.

 

Por eso las agendas de derechos humanos, igualdad de género, paz, democracia, acción climática y desarrollo sostenible están hoy profundamente conectadas.

Todas parten de una misma convicción: no es posible construir sociedades justas, pacíficas y sostenibles sin la participación plena, libre y segura de las mujeres.

 

Y quizá una de las lecciones más importantes que hemos aprendido desde Naciones Unidas es que la innovación democrática no surge únicamente de las grandes instituciones.

Surge también de los territorios.

De las comunidades.

De las organizaciones de mujeres.

De quienes, todos los días, encuentran maneras de proteger la vida, resolver conflictos y construir esperanza incluso en los contextos más difíciles.

 

Por eso me gusta pensar que no existen dos agendas: una local y otra global.

Existe una sola conversación.

Una conversación en la que cada territorio tiene algo que enseñar al mundo.

Y en esa conversación, Colombia tiene muchísimo que aportar.

 

Quisiera terminar con una invitación:

 

Que no pensemos la incidencia internacional como un lugar al que unas pocas llegan.

Sino como un puente que construimos entre todas.

Cada organización.

Cada alianza.

Cada proceso comunitario.

Cada experiencia compartida.

Va ampliando ese puente.

 

Porque cuando una mujer transforma su territorio, también está ampliando los horizontes de la democracia para todas y todos.

 

Y quizá esa sea la idea con la que me gustaría cerrar.

 

Las mujeres no son únicamente participantes de la democracia.

Son quienes, cada día, la sostienen, la renuevan y la hacen posible.

 

Y cuando las mujeres transforman sus territorios, también transforman el mundo.

 

Muchísimas gracias.

Naciones Unidas, Derechos Humanos, Oficina del alto comisionado, Colombia

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